VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS

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Este texto fue originalmente redactado como: “Material de apoyo para formadores” de la “MISION DIOCESANA 1997 -1999: Con Cristo caminamos Al Tercer Milenio” de la Diócesis de Temuco (Chile). Ahora lo presento con algunos retoques porque en lo medular me parece vigente.

VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS

I. Introducción: Experiencia y percepción del concepto laico.

Nuestra percepción general, aún dentro de la Iglesia, sobre la comprensión del laicado y la laicidad es que -sin menoscabo de la importancia que se le otorga como tema-, la realidad que conlleva está envuelta en una suerte de mal entendido, ya que la misma palabra, cada vez que la usamos necesitamos explicarla o adicionarle -con mayor o menor acierto- adjetivos como por ejemplo “laico comprometido”, estas palabras evocan por lo general, la figura de aquel laico que ocupa una parte importante de su tiempo a la pastoral parroquial o diocesana, fuera de sus ocupaciones ordinarias.

Ciertamente estamos lejos de aquella anécdota, aludida por Congar (Ver, CONGAR, Y, Jalones para una Teología del Laicado, Estela, Barcelona 1963, 7) en la cual un sacerdote responde a la pregunta por la posición del laico en la Iglesia con tres posturas, de rodilla en el altar, sentado ante el púlpito y sacando una moneda en la colecta. El mismo Congar expresa que ya no es posible un retroceso en la conciencia adquirida por los laicos sobre su vocación, y las luces magisteriales al respecto iluminan inequívocamente un camino, cuyos perceptibles escollos no obscurecen uno de los signos de los tiempos más preclaros que la Iglesia ha discernido en estos años desde el Concilio Vaticano II.

Habida cuenta de las dificultades de compresión y de la importancia de esta realidad, recorreremos el camino del Concilio Vaticano II, que es el camino de todo discernimiento eclesial y la condición de posibilidad de toda renovación, es decir volveremos nuestra mirada a los orígenes, recorreremos las fuentes de nuestra fe en la Sagrada Escritura y en la Tradición, escudriñando en ellas, como el Señor nos pide, y confiando en su promesa de la asistencia del Espíritu.

II. Iglesia, Pueblo de Dios, a la luz de la Sagrada Escritura.

Desde el Concilio Vaticano II se hizo más habitual la categoría Pueblo de Dios para referirse a la Iglesia, sin embargo llama la atención que en la fase preparatoria de éste la categoría pueblo ni siquiera se nombrara, pues predominaba en la eclesiología católica la categoría de Cuerpo Místico, categoría de origen Paulino que ya Cerfaux mucho antes del concilio había descubierto que se trataba en Pablo de una evolución a partir de la categoría pueblo, más antigua y primaria (Ver FERRANDO, M. A., El Pueblo de Dios según el Nuevo Testamento, Teología y Vida XXVI (1985), 31)

A. Pueblo en el Antiguo Testamento,

Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento (Ver, para esta sección; MORENO, A., El Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, Teología y Vida XXVI (1985), 5 – 29) se dice AM YHWE, y su uso es específico y excluyente en referencia al pueblo de Israel, pues otros pueblos son designados en la Sagrada Escritura como GOY o GOYIM, es decir, naciones, o también gentes, etc., sólo Israel es Pueblo, y Pueblo de la propiedad de Dios, Dios constituye a Israel en Pueblo a partir de la Pascua y de la Alianza, a la luz de estos eventos, el primero histórico liberacional, y el segundo jurídico cultual, el pueblo se descubre y se experimenta como elegido de Dios y, por ser elegido, Salvado y sólo Salvado, libre, puede establecer alianza, ser sujeto del diálogo recíproco con Dios. En otras palabras a la luz de la experiencia salvadora de la Pascua, y de la Alianza en el Sinaí, Israel llegó a ser Pueblo de Dios y se reconoce elegido desde antaño. Es por tanto la elección divina la que constituye el núcleo de la experiencia de Pueblo en el Antiguo Testamento y su carácter delineado en el decálogo implica que esta relación con Dios se expresa en un tipo de relación entre los miembros de este pueblo y con las demás hombres, que hacen al pueblo dar testimonio entre las naciones, y esto aún en situaciones de destierro, la vivencia del decálogo constituye así el signo de la elección divina y el distintivo de su Pueblo.

Este ser pueblo acentúa primariamente la referencia a Dios, es decir no destaca a una parte del pueblo por sobre otra, como en la común acepción de pueblo en nuestro lenguaje, cuando damos por sobre entendido por pueblo a la ‘clase’ popular, la acepción del Antiguo Testamento pone a todo el pueblo incluido a Moisés, o a David en su momento, de frente a Dios, solidario en el seguimiento de Dios o en el pecado, necesitado de perdón y salvación.

Originariamente la elección de Dios fue hecha en Abraham y sus descendientes, por lo tanto la noción de Pueblo involucra también la dimensión familiar, los vínculos sanguíneos, el compartir un mismo antepasado. Esta dimensión familiar de pueblo en la época de la monarquía, evoluciona en un fuerte concepto de unidad cultural y de diferenciación con otros pueblos, una apertura a la universalidad sólo se vislumbra con la crisis histórica que significa para el pueblo el exilio y se refleja en la segunda parte del libro de Isaías.

El problema de la universalidad es, en el Antiguo Testamento, apenas una esperanza escatológica entendida de diversas maneras por el judaísmo en tiempos de Jesús.

B. Pueblo de Dios en el Nuevo Testamento.

Para la comprensión cristiana de Iglesia no podemos contentarnos con el Antiguo Testamento, éste sólo puede entenderse a partir de la Pascua de Cristo, al respecto podemos anotar algunas pistas de comprensión (Ver para esta sección; FERRANDO, M, A., El Pueblo de Dios Según el Nuevo Testamento, Teología y Vida XXVI (1985), 31-43).

La Palabra pueblo en el Nuevo Testamento traduce el AM (hebreo) del Antiguo Testamento en la palabra LAOS (griego), cuyo uso en los evangelios sinópticos hace referencia normalmente al pueblo judío, todavía comprendido como el pueblo elegido, sin embargo, resulta relevante el único uso que hace Juan de esta palabra en el evangelio que nos entrega, en él los judíos son llamados Nación, no pueblo, y Cristo ha de morir por el pueblo, ya no identificado simplemente con el pueblo judío:

“No os dais cuenta de que os conviene que muera un hombre, sólo uno, por el pueblo [LAOS] y no perezca toda la nación (ETHNOS]?” Juan 11,50 y 18,14.

En los Hechos la comunidad cristiana se auto comprende como el pueblo, depositaria de las promesas y la elección divinas (Hechos 15,14 y 18,10), Pablo es avisado en sueños que en Corinto hay muchos que son pueblo de Dios (Hechos 18, 10), se llama por tanto pueblo a no judíos porque se descubre a la luz de Cristo que la elección de Dios tiene por objeto a todos los hombres.

En la Pascua de Cristo Dios hace la liberación más profunda que puede hacerse del hombre, libera a todos los hombres del pecado y de la muerte, esta Pascua es celebrada en la Eucaristía, en ella se expresa una nueva alianza sellada en la sangre de Cristo, por lo tanto, elección, pascua y alianza se verifican en Cristo mismo crucificado y vuelto a la Vida.

El número Doce, la cena del Señor, la pascua y la alianza en Cristo, son todas huellas de la voluntad del Señor de hacer en sus discípulos un nuevo y definitivo Pueblo.

III. Conversión y Bautismo como principios articuladores de la Vocación Eclesial.

La incorporación a este nuevo pueblo no está dada ya por la descendencia sanguínea de un antepasado, sino por la conversión expresada en el Bautismo, que significa la aceptación de la salvación realizada en Cristo y proclamada por la comunidad cristiana, la recepción del don de la Fe.

Somos parte de la Iglesia por la recepción del bautismo, en él nos incorporamos a la Pascua de Cristo, acogemos su salvación, la filiación divina y la incorporación a su pueblo, sin embargo el Bautismo, como todo sacramento no opera mágicamente, sino que supone y exige conversión, opciones de vida que correspondan con el don recibido y configuren al bautizado como testigo del Amor del Padre manifestado en Jesucristo.

La vida del Cristiano por tanto se constituye a partir de la elección divina, como respuesta a la Palabra proclamada en la Iglesia, y el Bautismo es signo de esta elección. La Vocación cristiana, don sacramental en el bautismo supone una vida de continua conversión.

IV. Laicidad de la Iglesia y laicos en la Iglesia, concepto y distinción.

La palabra LAICO viene de LAOS, pueblo, y significa literalmente uno del pueblo, La Iglesia, por tanto, como Pueblo de Dios, comporta una esencial laicidad, es decir su ser pueblo es su laicidad, ser cristiano es ser pueblo de la propiedad de Dios, pueblo comprado por la sangre de Cristo, laicidad, en otras palabras es una característica de toda la Iglesia, de todos sus miembros, y consiste en la vivencia del Bautis­mo que hace de la Iglesia testigo, como pueblo, de su Señor en la historia.

Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo (Lumen Gentium 31), la primera parte esta definición, debe entenderse no como algo que no tienen los laicos y que los hace ser tales, en este caso el sacramento del orden o la profesión religiosa, sino como algo que tienen en exclusividad y que constituye para ellos una gracia: el Bautismo. Una gracia que comparten con los pastores de la Iglesia, quienes a su vez han sido constituidos como pastores para ayudar a que todo el pueblo viva su bautismo, es decir los pastores de la Iglesia y los laicos, de diversos modos, respon­den a la común vocación de bautizados, que los laicos viven de una manera distinta, caracterizada por el testimonio hacia afuera de la Iglesia, al interior de la cultura y de las diversas realidades históricas en las que les toca desenvolverse. De este testimonio no están exceptuados los pastores, sino que éstos lo dan más de cara al interior de la Iglesia, favoreciendo, fortaleciendo y guiando en comunión a toda la Iglesia para que su testimonio sea creíble en el mundo.

“Sí me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación” (San Agustín citado en Lumen Gentium 32)

V. Laicos en la Iglesia:

Los Laicos son por tanto miembros de la Iglesia, no podrían sino serlo, su nombre lo dice, en ella viven la comunión con todos los demás miembros, y en la vivencia de esta comunión al interior de la Iglesia, hacen que la Iglesia dé visible testimonio del Amor recibido. Comunión no significa uniformidad, la vocación laical específica es complementada por otras vocaciones en la Iglesia, todas estas, empero, al servicio de esta laicidad esencial de la Iglesia Pueblo. Por lo tanto al interior de la Iglesia la vocación laical está marcada por la comunión y la complementariedad, ambos po­los al servicio del Testimonio de toda la Iglesia en el mundo. Estas características, comunión y complementariedad deben marcar la relación y distinción al interior de la Iglesia de Clérigos y Laicos, y de Religiosos y Laicos,

VI. Misión intra eclesial del laico

Algunos laicos se sienten llamados a participar más intensamente de la pastoral de la Iglesia en sus comunidades eclesiales prestando diversos servicios y ministerios como catequistas, animadores, etc., su vocación y presencia son indispensables y demues­tran que al interior de la Iglesia ninguna tarea puede hacerse sin la colaboración de todos sus miembros, y en su testimonio se manifiesta la colaboración de los laicos con los pastores de la Iglesia en su particular misión de guías de este pueblo, misión a la que los pastores están consagrados, es decir dedican todo su tiempo y sus energías, incluso, al menos en la Iglesia latina, con el don del celibato.

VII. Laicos desde la Iglesia:

Sin embargo los laicos ejercen la especificidad de su acción sobre todo desde la Iglesia, es decir, son testimonio de Cristo especialmente en aquellos ámbitos y espacios que comparten con los que no son discípulos del Señor, como la familia, la sociedad, y, según sus cualidades y particular lugar, en la cultura, la política y la economía, todos espacios y dimensiones vitalmente humanas, queridas por Dios y necesitadas de la redención de Cristo, espacios y dimensiones en los que se juega la esencia de la misión de la Iglesia, el ser sal y luz, levadura, testimonio para que Cristo sea conocido y amado por quienes no lo conocen y, para que -menos explícitamente- la historia sea conducida según la imagen del hombre nuevo revelado en Jesús de Nazareth.

Concluyamos con las palabra de Pablo VI sobre los laicos a propósito de la Evangelización:

“Los laicos, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización.

Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial —esa es la función específica de los Pastores—, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Cuantos más laicos hayan impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos en ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades —sin perder o sacrificar nada de su coeficiente humano, al contrario, manifestando una dimensión trascendente frecuentemente desconocida— estarán al servicio de la edificación del reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús” (PABLO VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, Nº 70)

VIII. BIBLIOGRAFÍA.

CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gentium.

JUAN PABLO II, Christifideles Laici, Exhortación Apostólica sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

CONGAR, Y., Jalones para una Teología del Laicado, Estela, Barcelona, 1963.

FERRANDO, M. A., El Pueblo de Dios según el Nuevo Testamento, Teología y Vida XXVI (1985), 31-43.

FORTE, B., Laicado y Laicidad, Sígueme, Salamanca, 1987.

MORENO, A., El Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, Teología y Vida XXVI (1985), 5-29.

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