Marco Teológico para la Educación
Propuestas de Reflexión para la Comunidad Educativa del Colegio Santa Emilia
Antofagasta 2 de marzo de 2011
Oscar Gayoso Donzé
Académico UCN
Introducción
En primer lugar agradezco la oportunidad de compartir con ustedes algunas reflexiones y espero que puedan aportar a su quehacer educativo.
La Educación es un hecho humano, este es el dato fundamental desde el cual partiremos nuestra reflexión, la educación es un hecho cultural universal, que en su vertiente mediterránea de la cual somos herederos constituyó objeto de reflexión de la filosofía desde sus orígenes y de las ciencias humanas posteriormente. Afirmar que la educación es inherente a nuestra condición de seres humanos es uno de los ejes del cual sacaremos algunas consecuencias. El segundo eje, ya que se trata de delinear un marco teológico, es poner de relieve que la fe bíblica por arrancar de una revelación histórico salvífica, que concibe al mundo y al hombre creados para una historia y salvados en la historia, necesariamente integra y asume todo lo humano, y dentro de lo humano su dimensión educativa.
La educación un Hecho Humano
Para uno de los padres de la sociología contemporánea y fundador de la sociología de la Educación, Emile Durkheim, es la Educación el modo que las sociedades utilizan para autorreproducirse, y aunque la sociología ha abundado partir de esta afirmación en teorías de la dependencia de la educación respecto del poder y de la economía, datos que no podemos perder de vista, es necesario ir al fondo filosófico del hecho educativo, el hombre es educable y necesita de la educación, porque el hombre, a diferencia de otros seres, ha de descubrir y actualizar su naturaleza, el hombre es tarea, y debe autodescubrirse, en un proceso comunitario, no exento de tensiones y que llamamos educación, el hombre es por ello sujeto y objeto de educación… Este proceso que acompaña a la humanidad desde sus albores ha ido, como todas las áreas del saber, profundizándose, especializándose y profesionalizándose, ello impone al educador desafíos cada vez más crecientes, en sociedades y culturas no sólo más complejas y diversas, sino también más cambiantes, incluso podríamos decir “líquidas”.
Todo esto puede llegar a confundirnos, incluso a desanimarnos, sin embargo es la pregunta por el hombre la que rige la educación, y por lo mismo debemos preguntarnos qué certezas sobre el hombre tenemos, qué modelo de persona sustentamos, a qué tipo de sociedad aspiramos, estas preguntas incluso llegan a coincidir con los grandes objetivos del currículo dependiendo de el enfoque que se utilice. Son estas preguntas de fondo las que acompañan nuestra preparación, nuestra planificación, nuestras decisiones concretas. No tomamos ninguna decisión educativa que no pretenda humanizar. La humanización constituye el horizonte crítico de la educación.
Sin embargo no existe una sola antropología, en la cultura plural y global en la que vivimos conviven muchas concepciones de hombre, alguna incluso antagónica, incluso sobre este punto tan nuclear sólo hemos llegado a algunos consensos, no libres de discusión que se expresan en los derechos humanos por ejemplo. Ello supone una actitud de diálogo a partir de una identidad clara. Nuestra identidad cristiana, por lo tanto bíblica, responde a nuestra búsqueda racional como una óptica de sentido que se ofrece como don al hombre de cada época…
El hombre en el dato de la fe
Ya que la educación busca humanizar y el concepto de hombre está abierto a la búsqueda cultural, racional y filosófica de la humanidad, nuestra fe representa una oferta genuina al hombre actual y para el creyente el punto central desde donde mira el mundo… nuestra mirada al mundo no es una mirada distante o expectante, es una mirada involucrada dice el Concilio Vaticano II: “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco” en el corazón de la Iglesia, la cual “se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”[1], esta solidaridad contribuye grandemente a la credibilidad de su palabra ante el hombre de hoy, porque esa palabra emana de quien participa de los mismos “acontecimientos, exigencias y deseos”, y es capaz de ver en ellos la “presencia de Dios”, buscando por lo mismo orientar hacia “soluciones plenamente humanas”[2].
La mirada creyente al hombre tiene tres ejes fundamentales cada uno con sus consecuencias educativas: el hombre ha sido creado, el hombre ha sido salvado, el hombre está llamado a una plenitud definitiva como consumación de esta vida.
La creación nos habla en primer lugar del amor de Dios, decir que somos criaturas es decir que somos amados de modo asombroso por el Padre, somos y estamos porque Él quiso, porque Él ama, y este amor es al mismo tiempo nuestra vocación, somos Su imagen. Sólo el abuso de nuestra libertad pudo poner en riesgo este originario designio, en la dramática realidad que llamamos pecado.
La salvación nos habla en primer lugar de la hondura del amor del Padre, manifestada en la entrega de su Hijo, nos habla de la solidaridad de Dios con nuestra soledad, nuestra esclavitud y nuestra muerte, ahí dónde no hay más que sin sentido, Dios ha puesto esperanza.
La vocación a la plenitud definitiva nos habla de que Dios comparte con el hombre su divinidad no sacándonos de la historia, sino consumándola en una eternidad que es el fruto de la historia y no una coartada para no transformar la historia.
La educación a la luz de la fe
Esto ha sido una apretada síntesis de las principales afirmaciones de nuestra fe, ahora bien que significa esto para la educación.
Lo primero es que desde los primeros cristianos la acción de Dios con el hombre fue leída e interpretada como pedagogía, eso hace de la educación un reflejo de la acción de Dios, un discernimiento particular de su voluntad. Si el Padre es el primer educador, nosotros estamos llamados a descubrir y secundar su acción, si Él imprimió en el hombre su imagen, nuestro llamado es descubrir esa imagen, confiar en su obra, colaborar en su plan.
Lo segundo es que la educación es un acto solidario, el Hijo para salvar al mundo se encarna en él, se compromete hasta la muerte con Él, no quiere que ninguno se pierda…
Lo tercero es que educamos en la historia presente no para repetirla, sino para hacerla portadora de sentido, de eternidad, con la esperanza puesta en la acción del Espíritu…