Retiro de Viernes Santo
Convocado por la Comunidad Cristiana Cristo Redentor
Antofagasta 2011
Introducción
Por qué y para qué retirarse. Cómo hacerlo
Toda relación interpersonal requiere cuidarse con espacios de intimidad, nuestra relación con el Señor también. Sin espacios y tiempos a solas, las personas pueden acostumbrarse, acomodarse, pero llegan a ser como desconocidos, cuando se miran a los ojos ya no se reconocen, lo mismo nos pasa ante Jesús. Y como somos portadores de la imagen de Dios, cuando el Señor se nos vuelve lejano o desconocido, nosotros mismos no sabemos quienes somos. En la intimidad del encuentro cuidamos y discernimos su presencia en la criaturas, en los hermanos, en los pobres, para encontrarlo finalmente en todas partes y hacer de toda nuestra vida expresión de la gozosa intimidad con el Padre…
Un encuentro profundo necesita de soledad y de silencio, no se trata se estar a solas simplemente sino de estar a solas con alguien a quien amamos, no se trata de silencio como mudez o mutismo, sino como espacio libre para el diálogo, cuando queremos hablar con alguien, con nuestros hijos, con nuestra pareja, con el vecino o el amigo que nos visita apagamos el televisor, nos sacamos los audífonos, cerramos la puerta, se trata por lo tanto de acoger, dar espacio facilitar el encuentro. Lo mismo buscamos al retirarnos, nos retiramos para encontrarnos, y en un encuentro interpersonal no sabemos lo que la otra persona quiere decirnos, las personas por mucho que las conozcamos encierran siempre un secreto, una novedad, al Señor hay que escucharlo, no podemos pretender que sabemos de ante mano lo que nos quiere decir, hay que abrirse a su palabra, a la novedad liberadora de su Espíritu, pedir docilidad a sus mociones.
Por qué contemplar a Cristo en la Cruz
Hoy es viernes Santo y nuestra contemplación será sobre la pasión del Señor, todos sabemos la importancia de esta acción de Jesús, la cruz preside nuestras procesiones y está en todos nuestros templos, también está en nuestras casas e incluso colgada a nuestros cuellos. Hemos leído innumerables veces la pasión del Señor y hemos escuchado muchas catequesis sobre ella. Podría decirse que ya sabemos suficiente y que todo está muy claro, sin embargo “no basta “saber”; es necesario “sentir y gustar de las cosas internamente” [EE 2]. Y sentir y saborear internamente la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús no es fácil, ni se debe dar por supuesto” (ZALDÚA, Ejercicios Espirituales Tercera Semana). Hay una gran diferencia entre alguien que sabe que un niño está enfermo y lo que siente su madre frente a su enfermedad, el sentir nos moviliza. Con Jesús nos pasa algo parecido, tenemos fe, hemos decidido seguirlo, profesamos cada domingo nuestra fe y gustosamente nos decimos cristianos, pero que significa eso, cómo se manifiesta en nuestras vidas, seguimos a Jesús sí, pero ¿hasta dónde?. ¿Nos moviliza Jesús en su Pasión?
““Los Evangelios son los relatos de la Pasión precedidos de una larga introducción” ha dicho un exegeta: en Marcos la decisión de matar a Jesús aparece ya en el capítulo 3,6; y la vida pública la jalonan los tres anuncios de la pasión (8,31; 9,31; 10,33). En Mateo desde la matanza de los inocentes (2,16); y en Lucas desde la profecía de Simeón (2,34). En Lucas la mayor parte de su evangelio es la “subida a Jerusalén” (9,51 – 19,27). Juan orienta todo hacia la “hora” = la Pasión glorificante” (A. Vanhoye en ZALDÚA, Ejercicios Espirituales Tercera Semana).
Seguir a Jesús es seguirlo hasta su “hora”, ¿qué significa esto para nuestros proyectos personales?, ¿cómo repercute en nuestras relaciones? ¿Cristo en la Cruz transforma nuestra mirada?
En este retiro buscamos dejar actuar a Padre en nuestras vidas, queremos escuchar la voz de Jesús en el silencio aterrador de su muerte, confesar en su Espíritu que “Jesucristo es Señor para Gloria de Dios Padre” (Filipenses 2, 11)
Oración preparatoria (lo siguiente es igual a lo preparado en Retiro 2009)
Los invito a que en un momento de silencio acojamos la presencia de Dios en medio nuestro, tomemos conciencia de su gran amor por nosotros, reconozcamos las huellas de su paso en nuestra vida, dejemos fluir nuestra gratitud…
Pidamos la gracia de escuchar su querer en nuestras vidas y disponer nuestra libertad para seguirlo, pidamos la gracia de reconocer los obstáculos que nos impiden seguirlo y la determinación para apartarlos…
Oremos también unos por otros para alcanzar la gracia de contemplar la cruz y dejarnos transformar por Cristo…
Sobre el Viernes Santo
No queremos acercarnos a Jesús como estudiosos, no miramos el viernes santo como historiadores, ni su pasión como reporteros, nuestra mirada es la mirada de quien sigue las huellas de quien ama, nuestra actitud es la actitud de quien está involucrado.
Podemos seguir a Jesús porque Él se involucró en nuestra historia, asumió nuestra naturaleza, nuestro ser criaturas. Fuimos a visitarlo en Belén, allí sentimos el frágil vagido de un recién nacido dependiente en todo de su madre y padre… nos enterneció tal vez su carencia y placidez…
Hoy ante nuestros ojos tenemos a un hombre adulto que asume una condena despiadada… un hombre que siente angustia ante la muerte y necesita la compañía de los suyos, un hombre que en la oración se queda solo, sus más cercanos duermen y con el rostro en tierra suplica no beber el cáliz que se le ofrece… un hombre a merced de las intrigas políticas y religiosas de su tiempo, víctima de la injusticia de los poderosos y de la traición de los amigos… la humanidad conoce historias como estas, son demasiadas, anónimas casi todas, los pobres no tienen nombre, los marginados no pesan en la balanza del mercado y su voz no se oye en el foro de las decisiones.
Pero Él no está allí por azar del destino, por falta de cautela o por no huir a tiempo (la huida de la cual sus amigos se sirvieron), Él está allí porque “para esto ha venido” (Juan 12, 27) ¿qué locura es esta de venir, de hacerse próximo? ¿no nos extrañamos ya en Belén? No es sólo una tierna infancia, un plácido dormir, la fragilidad de quien crece o las incertidumbres adolescentes lo que Jesús ha asumido en la encarnación, es sobre todo nuestra historia transida de injusticia y nuestra vida desgarrada por la muerte lo que el Señor vino a tomar y también nuestra visceral repugnancia a toda forma de sufrimiento y muerte: “¡Abbá, Padre! … aparta de mi esta copa” (Marcos 14, 36) implora con la familiar palabra aprendida de labios de José… Jesús sigue el camino de los hombres hasta la desgarradora experiencia del abandono de Dios, hasta el desgarrador grito de una muerte dolorosa y más allá hasta el frío silencio del sepulcro (Marcos 15, 33 – 46).
Y sin embargo “eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba” (Isaías 53, 4), en el Gólgota Dios se hizo íntimo a todos nuestros sufrimientos, a todas nuestras injusticias, acogió todos nuestros desgarros, sufrió todos nuestros pavores hasta morir nuestra muerte… y dónde estábamos solos Él se hizo próximo… “aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo” (Salmo 23 [22], 4)… nuestros valles tenebrosos… nuestras debilidades y rupturas, nuestras cobardías y pecados, nuestros egoísmos y miserias, nuestra indiferencia y frialdad, nada de esto es ajeno a Jesús… nada de lo que vivimos y sufrimos, es ajeno a su amor, aun nuestra muerte es acogida en su corazón… Él no nos mira desde arriba o desde lejos, no nos mira impasible y justiciero, él nos mira desde dentro, lleno de misericordia…
Ya no somos nosotros los que queremos mirar o seguir, ahora nuestra cabeza agachada no quiere levantarse… es hora de dejarnos mirar por el Señor, es hora de acoger su presencia solidaria en todos los rincones de nuestra existencia… y de pedir la gracia de ver con su mirada, de mirar a los que no cuentan, de escuchar a los que no pueden hacer oír su voz… la gracia de caminar el camino de los humildes y de solidarizar con los pecadores…
Sólo María siguió todo el camino desde Belén al Gólgota, ella que angustiada había dicho a Jesús cuando tenía doce años “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lucas 2, 48), en estos momentos con una angustia aún mayor guarda silencio… Tal vez ella nos pueda ayudar a rezar el Padrenuestro, a decir “hágase tu voluntad”, con nuestros labios, con nuestro corazón, con nuestro cuerpo…
Pauta para orar con la Biblia I
Tomo una ubicación en la que esté solo y apartado para orar.
Me relajo un poco… y tomo conciencia de la presencia de Dios, ¡Él está aquí!, ¡Él está vivo!, ¡Él está en mí!… Reconozco su presencia, hago calmadamente la señal de la cruz, manifiesto el deseo de escuchar su voz… Aquieto mi alma, reposo en Él… Ofrezco mis inquietudes, mis temores, mi gratitud… [Pausa]
Pido al Señor la gracia de reconocer su presencia de amor y ternura en mi vida…
Pido al Señor la gracia de creer en lo que podría llegar a ser y hacer si sólo le permitiera a Él continuar su obra en mí, dejo que Él, que me creó y me ama, continúe creándome, guiándome y dándome forma… [Pausa]
Leo un texto elegido previamente, proponemos:
Isaías 52, 13 – 53, 12
Salmo 22 [21]
Salmo 31 [30]
Salmo 69 [68]
Filipenses 2, 5 – 11.
Releo el texto despacio, varias veces y observo si hay alguna palabra o frase que me llame la atención, que resuene más en mí. Me quedo con esa frase cuanto tiempo quiera y después puedo dirigir mi atención a otra frase, se trata de saborear la palabra, no de analizarla, dejar que resuene y haga eco en mí.
Puedo quedarme durante el día con alguna frase del salmo que haya elegido. Repetirla en medio de los quehaceres diarios, rumiarla de la mañana a la noche, hasta que vaya haciéndose como parte de mi ser… [Pausa]
Puedo escribir las resonancias que quedan en mí, los versos que me quedan más grabados… [Pausa]
Sigo orando en silencio, el eco de la Palabra.
Puedo escribir lo que el Señor me va diciendo, lo que me nace expresarle.
Se concluye con el Padrenuestro.